Hay un lugar en la selva donde la enfermedad no existe. Donde la ilusión se desintegra en su vacío para dar lugar a la verdad de la luz. Hay un lugar donde abunda la medicina, donde abunda la salud y todo prospera.
Como una semilla que cae en la tierra, y sobre ella la lluvia y luego el Sol… y crece. Nada la detiene. Lejos de las maquinaciones de la mente desviada, lejos de la vana carrera del hombre por acumular, crece una planta muy sagrada.
Esa planta es el beso que se dan la tierra y el sol y en ella se teje lo que soñaron para sus hijos. Esta planta es medicina pura.
Hay una olla bien grande asentada sobre una sanja de fuego, de leña recolectada con el sudor de muchos hombres y mujeres desde hace miles de años. Cuando hierve la medicina en esta olla, su vapor se esparce por el aire y parece llenarlo todo de cantos. Cantos que nunca se acaban, cantos de músicas nuevas, de palabras nueva, de sensaciones nuevas.
Ahí viene mi comadre Rosita cargando qué tremendo tronco para la leña. Cómo lo tira al suelo. Lo estudia, lo voltea. Cómo sus manos de artesana, sus manos del botón de flor, de hilo, sus manos de palomita, cómo cogen el hacha. Qué lindo me sonríe cuando me descubre mirándola. Levanta el hacha que de repente parece pesar cien, docientos kilos y de repente ¡chas! un relámpago, un resplandor inmaterial. Y Antonio “ya ve compadre, una sola”… Rosita se ríe… ” si la comadre es bieen desgraciada, peor que varón es”… Rosita se ríe.
Y cómo de ahí con esa misma mano coge su Singer bien decorada de gaviotas, con sus telas de colores para hacerse su blusita bien shipibita, bien coqueta… pasa su hilo por la aguja y empieza con su trac trac trac trac trac trac … bien señorita, bien mamá de ocho… o nueve… no sé bien.
Y más tarde cuando la medicina terminó de hervir todo lo que tenia que hervir y han llegado los invitados fumando sus pipas de tabaco fuerte y los invitados han terminado de comentar todo lo que tenían por comentar, y los niños ya están acostados y los lamparines prendidos en el templo y los pacientes ya están acostados, esperando, y todos ya sentados en circulo y hemos tomado todos la medicinita servida en su copa de bambú y las lamparas se han apagado y el cuerpo ha empezado a sacudirse, y se empiezan a abrir las visiones y las sombras se levantan de todos lados y la existencia se reduce a nada y el miedo parece corretear por todos los rincones, entonces…
entonces, Rosita bien concentrada coge su perfume… muy sentada. Empieza a cantar.
Y su canto de nuevo es una flor que se abre y dispersa la oscuridad, y penetra en cada uno de nuestros cuerpos y desde ahi canta con voz de mujer abuela, madre, hija, esposa. Y cómo sus manos sostienen su perfume y desde ahí canta y cómo se ve su espíritu, grande, empuñando su espada, su hacha y machete y qué gusto haber almorzado de su olla y cómo se abre el mundo de las flores y como abre sus alas y vuela…
Y terminado el trabajo, todos en la habitación respirando aliviados, extasiados, Antonio, “¿Qué tal, Compadrito, cómo te ha dejado de ver el canto de la Comadre?” qué más le puedo decir… “Muy bien Compadre, muy fuerte”.
Verdad que Antonio ya me había advertido que la “medicina es para varones”, que “no cualquiera domina así nomas”. Y es que Rosita de verdad que no es cualquiera y es que, como dijo mi compadre mas temprano ese día “la comadre es bieen desgraciada, peor que varón es”